¿Vestimenta causal?

El (aparente) dilema del código de vestimenta y la productividad

Por Fernando Loyola Angeles.

 

Este lunes me toca estar en la oficina casi todo el día. Tengo una reunión a la hora del almuerzo, pero por lo demás, estaré generando reportes, haciendo propuestas, reunido con el equipo creando cosas nuevas. Pienso ir en jeans, zapatillas cómodas, un polo con alguna inscripción recordatoria (creo que usaré ése que dice “Don’t feed the trolls”) y una casaca gris, como la que usaba cuando iba a la universidad. Y es que así me siento más relajado y capaz de superar todos los retos que asumiré ese día. Nuestro código de vestimenta es muy abierto, pensando en nuestro bienestar. ¿Cómo es el tuyo?

Hace algún tiempo leí un artículo interesante al respecto, escrito por Cindy Krischer para el Miami Herald, titulado “Los trabajadores se están vistiendo más casual. ¿Esto afecta su productividad?” En él, la autora nos presentaba las dos caras de la moneda sobre un problema no resuelto: Algunos indicaban que la vestimenta casual ayuda a generar mayor sensación de bienestar, y por tanto mayor productividad, mientras otros sostenían que esto podría generar excesos, que lleven a destruir la productividad, por exceso de relajo, y ni qué decir de la imagen y la reputación de la empresa.

Mike Slepian, de Columbia Business School y autor de “Las consecuencias cognitivas de la vestimenta formal”, sugiere a partir de sus estudios que la vestimenta casual hace que los trabajadores piensen de forma menos abstracta y más concreta. Esta sería una buena noticia para quienes quieren pasar del pensamiento a la acción y que aman el código casual. Me gusta pensar que, por eso, cuando uno dice “manos a la obra” se remanga la camisa. Pero la vestimenta formal tiende a hacerte sentir más poderoso y a asumir niveles mayores de pensamiento abstracto. Slepian dice que cuando los trabajadores necesitan pensar creativamente mirando el bosque y no el árbol (“the bigger picture”) es cuando la vestimenta formal incrementa la productividad. No sé qué opine al respecto un creativo que tenga como puesto ese mismo nombre: Creativo.

Krischer menciona en su artículo dos ejemplos emblemáticos: Hoy JPMorgan permite a sus colaboradores usar el ya famoso “business casual” la mayor parte del tiempo, mientras PwC (al menos en EEUU) sugiere a sus consultores vestirse según crean conveniente, tomando en cuenta las tareas que realizarán y los clientes a los que visitarán.

Entonces, ¿Por qué no seguir su ejemplo? En muchos casos, es porque se tiene miedo a sobrepasar el límite, a reconocer exactamente cuál es la línea entre lo permitido y lo prohibido en cuanto a vestimenta laboral (qué es demasiado atrevido, qué es demasiado relajado, qué es  impresentable…), pero ¿acaso no confían en el criterio de sus colaboradores? Y si no lo hacen, entonces, ¿por qué los contrataron?

Algo sí me queda claro, y es la base de la política de vestimenta en mi trabajo: Si un uniforme, o un traje formal, te impide realizar tus labores, no lo uses. Si unos jeans o un buzo podrían impedir que logres tus objetivos o alcances tus metas, no los uses. En la conjunción entre la comodidad, la estrategia y la productividad se encuentra el código de vestimenta perfecto.

Ahora, ponte lo que te resulte mejor, y sal a ganar.

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